Marina

Las rosas lucían radiantes en el jardín,

los cuadros decoraban la gran sala,

y entre las manos de Marina,

se apreciaban restos de carmesí.

Marina sabía cocer y cantar,

dominaba el recetario y recitaba,

amaestraba a los críos y,

servía gustosamente al hogar.

Sin embargo, sus manos se tiznaron,

y tras los besos profanos,

nació un niño de manos blancas,

con ojos verdes como la aceituna.

Y Marina pereció entre los escombros,

acallando su lamento irremediable,

bajo la tenue mirada de las sombras.

Luego, los brazos de Marina se alzaron al cielo,

cubiertos de sangre y sal, gritaba:

– ¡Lléveme al infierno, Señor!

Y en el infierno se evaporó,

y tras sus pasos el dolor,

arrastrando días grises, y negros,

Marina no dijo adiós.

Ahora las rosas lucen marchitas,

los cuadros ya no decoran el hogar,

y bajo un manto negro de mentiras,

jamás supo su verdad.

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